1 diciembre, 2022

hindúes explotan a migrantes en Belice

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Mensualmente cientos de toneladas de cigarros, perfumes, ropa, calzado, aparatos electrónicos, alcohol adulterado y, en algunos casos, hasta droga, son introducidos ilegalmente de Belice a México por contrabandistas hindúes que con el paso de los años han ganado posición en la dirección de la zona libre.

El tráfico de personas y la esclavitud moderna juegan un papel importante en esta ola de contrabandeo.

La pobreza y las pocas oportunidades de desarrollo tanto personal como laboral que existen en la India y China obliga a sus ciudadanos a emigrar a otros países en busca de mejores oportunidades y con la promesa de poder brindarle una vida mejor a sus familias.

Nuestra fuente, a quién en las próximas líneas llamaremos “John”, para proteger su identidad nos ha narrado su historia y como fue envuelto por sus “patrones” con falsas promesas de una mejor vida.

John nació en Bhopal, ciudad capital del estado de Madhya Pradesh, India, debido a la pobreza migró a otra ciudad en busca de oportunidades, ahí conoció a un grupo de reclutadores que le hablaron de la posibilidad de migrar hacía otro país con mayores oportunidades.

Para John esta oportunidad fue una luz en el camino, así que comenzó con los requerimientos del pasaporte y un ticket de avión hacia Belice, John no conocía mucho de este país, pero le aseguraron que tendría un lugar donde quedarse, alimento durante toda su estancia y que trabajaría con compañeros de otras ciudades de la India.

A su llegada, en 2018 a Belice, le fue retirado su pasaporte en garantía de “gratitud y obediencia”, John fue integrado en la frontera norte de Belice a una tienda que vendía diferentes artículos de moda, aunque estaba acostumbrado a trabajar arduamente, el horario aquí, era extenso, pues su jornada laboral era de 12 horas durante toda la semana, pero seguro estaba de que la compensación económica valdría la pena.

El primer pago y la pesadilla de hacinamiento

Treinta días después de arduo trabajo, llegó la hora del cobro y aunque esperaba una gran cantidad de dinero sólo recibió el 5% de lo prometido, la razón es que debía el boleto de llegada, que según sus empleadores había costado 25 mil dólares, una cantidad que no habría podido juntar ni en años de trabajo, ya que le habían prometido un salario de 100 dólares semanales.

La cosa no pintaba bien, primero el retiro de su pasaporte, y luego el salario, para John esto ya no estaba bien, así que pidió hablar con el encargado, petición que fue rechazada ya que la persona era un prominente empresario hindú muy conectado a la política y no podría atenderlo debido a su rango.

Al menos 22 personas, según recuerda John, habían sido hospedadas en una casa cercana a la comunidad de Orange Walk, lugar de residencia de los “patrones”, en este pequeño espacio las 22 personas dormían en el suelo con colchonetas, compartían baño e historias de aquellos que llevaban más de tres años trabajando y aún no podían pagar sus boletos, situación que los obligaba a robar mercancía de las tiendas a donde eran asignados y venderla por fuera para subsistir.

COVID y el punto de quiebre

Con la pandemia y el toque de queda, sus lugares de trabajo fueron cerrados y por órdenes del “patrón”, Anil Hotchandani, los empleados solo recibirían alimento, a manera de compensación, situación que los dejó indefensos y con miedo a opinar sobre la injusticia que estaban viviendo.

Con la convicción de un mejor porvenir, John logró sobrevivir a la “esclavitud moderna”, pero todo cambió cuando un colaborador cercano al Anil abusó sexualmente de la hija de uno de sus empleados, la noticia sacudió a todos en la casa, pues no daban crédito a como la buena relación del Anil con las autoridades evitó el castigo de su colaborador, quien ni por un segundo piso la cárcel.

Luego de tan atroz acto, John emprendió la huida, sin su pasaporte, se aventuró a cruzar la frontera de manera ilegal y tras la suerte de esquivar todos los filtros migratorios, ahora tiene una nueva vida en la Riviera Maya, donde ha decidido levantar la voz.

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